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El Afrikáner
Sentado en una vanguardista butaca de piel, Bastian Schweinsteiger esperaba a su contacto. El hotel Hilton de Valencia era mucho más lujoso de lo que imaginó cuando le encargaron el trabajo. Ocupaba gran parte de un imponente rascacielos a la afueras de la ciudad, y su fachada destacaba tanto por su belleza como por su pomposidad. Para un tipo como él, acostumbrado a hospedarse en cuchitriles del tres al cuarto, tanta ostentación resultaba excesiva. Desconocía quién había organizado el intercambio, y lo cierto es que prefería no saberlo. Fuera quien fuese había metido la pata hasta el fondo. Aquel lugar era tremendamente inadecuado. Si algo salía mal, si las cosas se torcían y tenía que salir echando virutas, las probabilidades de que se produjeran daños colaterales eran altísimas. Desde donde se encontraba podía ver a todo el que entraba o salía del edificio. Incluso tenía una panorámica excelente de la calle. A su espalda sólo había una pared forrada de melamina y un acceso para minusválidos en obras. Nadie podía pillarle por sorpresa. A su derecha se encontraba la barra del bar, un espacio relativamente pequeño en el que dos ejecutivos discutían acaloradamente sobre algo que no le interesaba lo más mínimo. Estaba moderadamente tranquilo porque, pese al retraso sufrido en el vuelo que le llevó desde Barajas hasta Manises, había tenido tiempo de registrase en el hotel, subir a la habitación, hacer malabarismos en el bidé, cambiarse de ropa y bajar hasta la cafetería para escoger la mejor ubicación posible. Un equipo de sonido acorde con el entorno reproducía canciones de los años setenta y ochenta a un volumen más que aceptable. Mientras algunos clientes disfrutaban de exóticas bebidas y charlaban distendidamente, él se entretenía lamiendo un cucurucho helado.
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